Quiso la casualidad que una desapacible mañana de febrero Martin Mansworth, un granjero de Wichita de aspecto peleón y resabiado, encontrase el manuscrito que Margaret Flynn escondiera un siglo atrás en la hacienda de Talbott Ends. Limpió la cubierta con sus ásperas manos y leyó el nombre de Margaret Flynn delineado con trazos finos y tirabuzones, lo que podía colocar a aquellas letras en el escalafón del arte más que de la escritura. Bajo el nombre, una fecha: 25 de junio de 1904.
Para Martin, abrir el manuscrito fue como descubrir el interior de un cofre con relucientes monedas de oro con la efigie de un rey español, como las que alguna vez había visto en en revistas como American History o America Heritage. El libro era una sucesión de hojas polvorientas y quebradizas unidas de forma artesanal con hilo de bramante, que abrazaban el lateral izquierdo dibujando una extraña forma en zigzag, formando emes irregulares, o quizá un paisaje de colinas de diferente altura sobre un fondo ocre.
Martin trasladó su tesoro a la casa despacio, midiendo sus pasos de vaquero. Retiró el ordenador portátil de una de las mesas del gran comedor y depositó con suavidad en ella las apenas cuarenta páginas que se le habían revelado en el granero. El rudo caballero del sur, que trataba a las reses de forma despiadada y podia enfrentarse a cuatro hombres a la vez con sus puños, se sentó frente al manuscrito. Descubrió su cabeza de cabello diminuto y cano con un gesto que parecía una reverencia dirigida a una dama con la que se desea bailar, tiró el sombrero al suelo, aplastó el puro en un cenicero y permaneció observando las páginas de hito en hito, inmóvil, incapaz de hacer nada, considerando que, quizá, podría ser demasiado valioso para tocarlo. Su mujer, acostumbrada a sus gruñidos roncos y gestos exagerados, se sorprendió al verlo tan callado.
- ¿Se puede saber qué haces?– preguntó. Emily no recordaba haber visto nunca a su marido tan callado. Pasaron unos segundos hasta que su marido se dio cuenta de que estaba allí su mujer.
- ¿Has oído alguna vez el nombre de Margaret Flynn?–, inquirió entornando los ojos. –He encontrado esto–. Y abrió sus enormes manos en dirección al manuscrito, como si estuviera bendiciendo un cáliz.
Su mujer se acercó curiosa.
- Es un manuscrito de hace cien años–. Martin abría sus diminutos ojos negros mientras se le acentuaban las arrugas de la frente. –Lo escribió una tal Margaret Flynn a principios del siglo pasado. Alguien lo escondió en el granero quién sabe por qué. No creo que fuera ella misma.
Emily asintió fingiendo interés en lo que decía su marido.
- Deberías informar al sheriff, ¿no?
- En absoluto. No creo que deba saberlo nadie, hace más de 20 años que compramos los veinte acres de tierra y lo que hay dentro. Asi que el libro estaba dentro del lote original y aquí se queda. Es un tesoro.
Martin Mansworth, pensó Emily, tenía una personalidad atípica. Se había casado con un hombre que carecía de las inquietudes normales de los ganaderos de la zona y la desconcertaba, porque ella no era así en absoluto. La figura ruda de su marido, modelada por el polvo y el olor a caballo, que lo llevaba impregnado hasta en el nacimiento de sus uñas, ocultaban un exquisito gusto por la literatura y la historia. Cualquier hombre en millas a la redonda podía disertar sobre las mejores semillas o la mejor época para plantar maíz, pero nadie podría haber adivinado quién demonios había sido Montesquieu o Maximiliano I. Martin almacenaba cientos de libros en una habitación convertida en biblioteca, donde los volúmenes y las revistas se apilaban formando algo parecido a edificios religiosos, altos y profundos. Los ojos de Martin habían absorbido miles de líneas formadas por millones de palabras. Podía pasar días enteros sentado en el porche leyendo libros que ella jamás leería, incluso recitar pasajes de La Odisea o poemas de Byron. Era curioso por naturaleza y, muy a su pesar, Margaret Flynn había abierto la espita dejando que penetrase en él un torrente inesperado de preguntas sin respuesta.
- Debo averiguar quién fue Margaret–, masculló entre dientes.
Al amanecer, el motor del viejo Chevy crepitaba bajo un cielo que anunciaba lluvia. Martin besó a su mujer y dijo que volvería pronto de la ciudad. No se lo dijo pero ella lo sabía: el cabezota de Martin averiguaría qué se ocultaba entre los dibujos y las palabras de Flynn.
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