domingo, 12 de febrero de 2012

De vuelta al campo

En el tren rumbo a Tompeloup, Federico escuchaba en su iPod una selección de sonantas de Charles Ives, mientras contemplaba el rio Garonne que, junto a la naturaleza, desfilaba frente a su ventana. La cafetería estaba en el vagón contiguo, en el cristal podía ver el reflejo del ir y venir de los pasajeros. Federico se sintió solitario, los recuerdos empezaron a surgir en su memoria.

El púrpura de la puesta de sol sobre los viñedos, era igual al que tantas veces le describió su yaya. Lo que nunca había podido imaginar era que el cascarrabias de su abuelo, a quien jamás conoció, le dejaría como herencia el trabajo de toda su vida; por lo que fue capaz de hacer a un lado no solo a su esposa, sino a sus propios hijos.

Un sentimiento de desolación volvió a su pecho, pero era incapaz de llorar, Federico no recordaba la última vez que había salido una lágrima de sus ojos.

El tren entró en un túnel y al salir de él ya se había hecho de noche. Próxima parada: Margaux.

Buscó en su maletín un estuche de piel verde y extrajo de él Las desventuras del joven Werther, una de sus posesiones más preciadas, lo primero que metió en su maleta al emprender este viaje a una nueva vida. Su portada y cada una de sus páginas estaban en perfecto estado, solo en el tono amarillento de sus hojas reflejaba el paso del tiempo. En su interior había una dedicatoria:

Para Fede, el Insensible:

Si esto no te hace llorar, ¡nada lo hará!

¿Habrá sido una señal de María Margarita?, regalarle este libro antes de esfumarse de su vida. Ella seguía anclada en su recuerdo, hace doce años que no sabía nada de ella, pero su ausencia sigue siendo una tortura para su corazón.

Federico seleccionó al azar una de las cartas del libro, había decidido compadecerse del atormentado protagonista lo que restaba del viaje.

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