Aquella mañana los párpados me pesaban más que cualquier otro lunes. Perezosa, aparté las mantas y apoyé los pies descalzos en el frío suelo y miré hacia la ventana. Fuera, un cielo plomizo parecía augurar un día triste y aburrido.
Después de desayunar y vestirme como un autómata, cogí el bolso, las llaves y salí de casa con gruñido de despedida, sin ganas de articular ni una palabra.
El aire frío de la mañana me recibió con una bofetada que hizo que me estremeciera, quizás debería haberme puesto un abrigo en lugar de una cazadora, pero ya no tenía ninguna gana de volver a subir a casa para cambiarme, casi seguro que llegaría tarde a la universidad. Caminé hacia la parada del bus, sin pensar en nada coherente y me detuve a esperar. Los minutos pasaron, dos, cinco, diez... y yo seguía sumida en un estado de absurda contemplación de las musarañas, hasta que un fuerte ruido me distrajo.
Un coche rojo se paró delante de mí y un hombre se bajó del coche. Me miró fijamente y se encaminó hacia donde estaba, con sus ojos marrones fijos en los míos. Me asusté y empecé a retroceder, pero él fue más rápido y, con una sonrisa misteriosa, cogió mi mano y puso en ella una llave. Sin decir nada, se marchó corriendo.
Alcé mis ojos conmocionados el escudo del llavero y miré el vehículo. No, no me había equivocado, pues un Ferrari Enzo, de un color rojo que quitaba el hipo estaba parado delante mío. Con paso vacilante, lo rodeé, acariciando con delicadeza el capó. Abrí la puerta y me senté, maravillada de lo cómodo que era. Parecía hecho especialmente para mí.
Con un ligero temblor en las manos, puse la llave en el contacto y arranqué el motor, que me recibió con un agradable rugido de bienvenida. Ya no fui consciente de nada más, solo de la carretera que recorría y de las sensaciones que me transmitía el coche.
Aún me pregunto si no me tomé algo raro en el desayuno.
Encuentros desconocidos
7:45 de la mañana, estoy subida en el Metro Ligero, camino a la universidad. Con movimientos parsimoniosos, aún medio dormida, saco los cascos del bolso mientras intento que no se me caiga el portátil al suelo. Están enredados, así que, haciendo malabares, comienzo a tirar de los cables por su caminito para que queden libres. Los conecto al móvil y deslizo el dedo por la pantalla. Una vez, dos, tres… y consigo acceder al menú multimedia. Después vuelvo a tener que intentarlo varias veces para acceder a la música. Pongo Led Zeppelin y desconecto del mundo que me rodea.
El transbordo lo hago sin darme cuenta, es la rutina de todas las mañanas, así como subirme al vagón de siempre por la misma puerta de cada día y ponerme en el mismo sitio.
Se suceden las paradas. En Plaza de Castilla se sube más gente de que la se baja y quedamos algo ajustados. Estoy bastante rodeada, pero sigo con mi música, abrazada a mi ordenador.
En cierto momento, entre las paradas de Tetuán y Estrecho, mi mente chisporrotea, como si se activara una alarma, y me hace levantar la vista con cautela. A dos palmos de mí, un chico alto y con el brazo izquierdo escayolado mira el tendido. Lo miro a la cara y bajo de nuevo la vista, indiferente, hasta que pocos segundos después la alarma de mi mente se vuelve a activar. Su cara guarda cierta semejanza con una persona a la que llevo años sin ver. A la que llevo años sin querer ver. Ha pasado tanto tiempo que ni siquiera estoy segura de que sea él de verdad. Pienso “tenía una nariz muy característica, si tiene la misma, es que es él”. Discretamente, vuelvo a mirarle. “Dios, tiene la misma nariz” Pero no pienso mirarle a los ojos, no quiero arriesgarme a ver sus ojos azules otra vez y que me reconozca, a verme forzada a mantener una conversación con ese perro traidor. Me giro un poco para mirar hacia la puerta, pero no puedo desconectar mi visión periférica y veo cómo es él el que me estudia en ese momento.
Ya hemos llegado a Cuatro Caminos y la mujer que tengo delante tarda un poco en salir, lo suficiente para que el chico tome la delantera. Justo antes de doblar la esquina del pasillo, se da la vuelta y me mira, y yo le miro a él, pero como soy miope y no llevo las gafas no puedo descubrir la verdad. No sé si es él.
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